Por qué las imágenes botánicas conectan con el ser interior
La iconografía floral ha acompañado a la humanidad a través de todas las épocas artísticas, desde manuscritos iluminados hasta pinturas simbolistas y composiciones oníricas contemporáneas. Pero más allá de la belleza, las flores siempre han tenido un significado psicológico. Representan ciclos: la apertura, la contención, la liberación, el retorno. Cuando creo obras florales, no pinto plantas; pinto movimiento emocional. El florecimiento se convierte en expansión. Las raíces se convierten en arraigo. Los pétalos se convierten en capas de ternura que se abren solo cuando las condiciones son seguras. Por eso las láminas botánicas resuenan de forma tan personal: el espectador a menudo reconoce algo de sí mismo en la forma en que una flor contiene luz, tensión o una silenciosa determinación.

El florecimiento como metáfora del surgimiento emocional
La floración rara vez es un evento repentino. En la naturaleza, es el resultado de la presión, la oscuridad, la nutrición, la anticipación y el momento oportuno. Psicológicamente, se comporta de la misma manera. El crecimiento ocurre en fases que a menudo son invisibles hasta el momento en que algo finalmente se abre.
Cuando represento formas florales —a veces suaves, a veces eléctricas, a veces surrealistas— intento capturar ese surgimiento emocional. Los pétalos pueden brillar desde dentro como iluminados por la intuición; las formas pueden expandirse en suaves degradados, evocando la sensación de un pensamiento que finalmente encuentra claridad.
En el folclore, el florecimiento suele estar ligado a la revelación. En los cuentos de hadas de las tradiciones eslava, celta y báltica, las flores florecen de noche para revelar verdades ocultas. En el arte, los simbolistas interpretaban las flores como aperturas psíquicas. En la psicología moderna, el florecimiento describe la autoexpresión tras un largo silencio.
En mis carteles, el florecimiento no es decoración, sino transformación hecha visible.
El arraigo como estabilidad, memoria y fuerza silenciosa
Las raíces suelen ser invisibles, pero definen la vida de la flor más que cualquier detalle superficial. En la psique, el arraigo funciona de la misma manera. Refleja la memoria, la ascendencia, la resiliencia emocional y la fuerza silenciosa que se forma bajo las experiencias de cada uno.
Cuando pinto estructuras que parecen raíces —rizos espinosos, zarcillos reflejados, líneas sinuosas que se asemejan a venas y enredaderas— las trato como arquitectura emocional. Anclan la delicadeza de la flor. Sostienen el mundo atmosférico de la estampa como la estabilidad interior sostiene a una persona en la incertidumbre.
Incluso en composiciones surrealistas, las raíces crean una gravedad psicológica. Vinculan la imagen floreciente a algo más profundo y antiguo, sugiriendo que el crecimiento emocional nunca se separa del pasado, sino que crece a través de él, transformándolo en el proceso.

La tensión simbólica entre abrir y mantener
Cada flor encierra una dualidad: el impulso de abrirse y el instinto de protegerse. Esta tensión refleja la experiencia emocional de la vulnerabilidad. Deseamos ser vistos, pero también queremos sentirnos seguros. Deseamos crecer, pero tememos lo que el crecimiento nos exige soltar.
En mi obra, esta tensión se manifiesta en pétalos superpuestos como escudos, en formas suaves rodeadas de contornos más oscuros, en centros luminosos envueltos en sombras. Estos contrastes visuales expresan la paradoja emocional del devenir: la vacilación antes de la revelación, la silenciosa fuerza antes del florecimiento.
La cinematografía suele emplear este mismo simbolismo. Películas como *In the Mood for Love* , *Stoker* o *The Green Knight* enmarcan formas florales u orgánicas en la sombra para sugerir deseo, secreto o transformación. Yo traduzco esa sensibilidad cinematográfica a formas botánicas que resultan más psicológicas que botánicas.
Flores como clima emocional
Las flores no existen aisladas. Reaccionan al clima, la luz, el viento, la estación; pequeños cambios que generan transformaciones drásticas. Al crear carteles florales, trato la atmósfera como una narrativa en sí misma. La veta se convierte en viento. El brillo se transforma en calidez. Los degradados oscuros se convierten en la atmósfera emocional que rodea la flor.
Cada pieza se convierte en una suerte de paisaje interior, como el clima que una persona lleva dentro: tranquilo un día, tormentoso al siguiente, esperanzador en breves y persistentes arrebatos. A través de la textura y el color, la flor se transforma en un retrato del estado de ánimo más que en un estudio botánico.

La floración surrealista y el viaje interior
Como mis flores no son literales, a menudo parecen híbridas, flotantes o extrañamente luminosas. Estas flores surrealistas se comportan como símbolos oníricos: mitad planta, mitad psique. En los sueños, las flores suelen señalar cambios internos: una verdad que emerge, un deseo que se forma, una memoria que sana.
Las plantas surrealistas me permiten trascender lo decorativo y conectar con lo intuitivo. Una semilla brillante puede representar un pensamiento que aún no ha encontrado palabras. Una enredadera retorcida puede reflejar una confusión emocional que se resuelve. Un pétalo reflejado puede sugerir verse a uno mismo con claridad por primera vez en años.
Al distorsionar la flor, me acerco más a su verdad.
¿Por qué los pósteres de flores aportan un toque personal a los espacios contemporáneos?
El diseño de interiores actual se orienta hacia la expresión emocional: espacios que se sienten habitados, intuitivos, con textura y personales. Los pósteres de flores con profundidad psicológica ofrecen esta resonancia emocional. Aportan suavidad sin sentimentalismo, simbolismo sin pesadez e introspección sin narrativa literal.
Colocada en una habitación, una obra de arte floral evoca algo vivo en el espectador: la resiliencia tras épocas difíciles, los nuevos comienzos que se gestan en silencio, el coraje que crece en la quietud. Incluso cuando la imagen es delicada, posee una enorme carga emocional. Se convierte no en decoración, sino en espejo.

El jardín interior
En definitiva, cada flor que pinto es menos una planta y más un estado del ser. Florecer es devenir. Enraizar es recordar. Los pétalos son los umbrales entre la autoprotección y la autoexpresión.
Contemplar un estampado floral es contemplar el jardín emocional que llevamos dentro: las partes de nosotros que crecen a pesar de las dificultades, que se mantienen firmes a pesar de la incertidumbre, que florecen a su propio ritmo.
En este sentido, la obra de arte botánica se convierte en compañera del crecimiento interior: un recordatorio suave y simbólico de que la evolución es silenciosa, cíclica, luminosa y profundamente humana.