Donde comienza mi sentido de la templanza
Cuando creo retratos simbólicos, nunca concibo el equilibrio como un estado estático. Para mí, la templanza es movimiento: una silenciosa negociación entre las partes de mí que brillan y las que yacen en la sombra. Mis retratos nacen de este equilibrio cambiante. Reflejan el diálogo constante entre intensidad y quietud, entre instinto y reflexión, entre el pulso emocional y la calma que le sigue. A menudo siento que cada obra es un acto de destilación: tomar la crudeza del sentimiento, filtrarla a través de la intuición y dejar que se transforme en algo que contiene tanto luz como oscuridad sin sucumbir a ninguna de las dos. Aquí es donde realmente comienza mi alquimia emocional.

La luz como expresión de la revelación interior
La luz en mis retratos rara vez es literal. La uso como se usa la respiración: para revelar lo que está listo para ser visto. Un resplandor que surge del interior de un rostro, una semilla luminosa cerca del pecho, un halo suave que delinea una forma híbrida: no son elecciones decorativas, sino señales emocionales. Representan una claridad que emerge desde el interior, un reconocimiento que no necesita palabras. La luz se convierte en una forma de revelación, pero una revelación sutil. No busca borrar la sombra; busca dialogar con ella. En mis retratos, la iluminación siempre conlleva intimidad. Es la forma más delicada de la verdad.
La sombra como profundidad emocional
La sombra es igualmente vital para mi retrato simbólico. No es una amenaza, ni un vacío; es el lugar donde mis narrativas internas cobran fuerza. Suaves campos negros, degradados aterciopelados y atmósferas crepusculares se convierten en el terreno donde el significado puede reposar, asentarse y madurar. La sombra contiene lo que aún no se ha articulado. Se convierte en un santuario silencioso para la emoción antes de que esta se aclare. Cuando trabajo con la sombra, no oculto nada; la dejo respirar. En este sentido, la sombra se convierte en un ingrediente esencial de la alquimia emocional. Sin ella, no hay transformación, ni contraste, ni sabiduría.

La tensión alquímica entre la luz y la oscuridad
Mis retratos se basan en la tensión entre la luz y la sombra para crear resonancia emocional. Me atraen los momentos en que estas dos fuerzas se encuentran sin eclipsarse mutuamente, como el límite preciso donde un suave resplandor se disuelve en la oscuridad, o donde un contorno de neón flota sobre un fondo apagado. Estos límites no son meramente estéticos; son umbrales psicológicos. Marcan los lugares donde el significado comienza a transformarse, donde la intuición despierta, donde algo interno encuentra su forma. Esta tensión alquímica da estructura a mis retratos. Se convierte en el latido de la composición.
El color como catalizador emocional
En mi obra, el color funciona como catalizador que acelera el proceso alquímico. Los rosas cálidos transmiten ternura; los verdes ácidos, instinto; los tonos azul verdosos, claridad; los violetas apagados, intensidad; los pigmentos luminosos se comportan como corrientes emocionales. Al combinarlos, creo una reacción química, no una paleta. Los colores interactúan como las emociones: a veces chocan, a veces armonizan, siempre revelando algo sobre su relación. En el retrato, esta interacción cromática se convierte en una forma de expresar estados de ánimo que no se pueden expresar con palabras. Se convierte en un mapa de transformación interior.

El rostro simbólico como recipiente
Los rostros en mis retratos simbólicos nunca pretenden ser representaciones literales. Funcionan como recipientes, contenedores de emoción, intuición, mito y memoria. Sus rasgos a menudo se difuminan hasta convertirse en abstracción; sus expresiones se transforman en umbrales más que en afirmaciones. Un rostro delineado con neón puede evocar un momento de despertar. Un rostro semisumergido en la sombra puede sugerir introspección. Un rostro reflejado puede sugerir dualidad emocional o un estado de negociación interna. A través de estos rostros simbólicos, exploro la multiplicidad de la identidad: cómo cambiamos, cómo nos equilibramos, cómo albergamos verdades contradictorias simultáneamente.
Elementos botánicos como extensiones emocionales
Muchos de mis retratos simbólicos se entrelazan con formas botánicas. Las flores se despliegan como fragmentos de la psique, las raíces se extienden como la memoria, los pétalos brillan como una revelación emocional. Estas formas actúan como extensiones del retrato mismo, ampliando el vocabulario emocional de la obra. Un tallo retorcido puede reflejar la tensión interna de la figura. Una hoja luminosa puede suavizar un conflicto interior. Una semilla que flota cerca del rostro puede simbolizar una nueva intención que se gesta. Los motivos botánicos no están separados del retrato; son extremidades emocionales que se proyectan hacia afuera.

La textura como lenguaje silencioso de la transformación
La textura permite que el proceso alquímico se sienta vivido y real. El grano, la bruma, el suave desenfoque y el ruido superpuesto se convierten en la sutil evidencia de la transformación. La textura hace que los cambios emocionales se sientan táctiles, como si algo interno se imprimiera en la superficie. Un retrato sin textura me resulta incompleto, porque la textura guarda la huella del proceso: la lucha, la suavidad, la evolución. A través de ella, la obra de arte adquiere un pulso silencioso que evoca los sutiles movimientos del equilibrio interior.
Por qué la templanza importa en mi retrato
Retomo el tema de la templanza porque refleja mi forma de experimentar las emociones: complejas, contradictorias, dinámicas. No creo en los extremos emocionales sin reconciliación. Creo en el punto donde la intensidad se encuentra con la suavidad, donde la claridad y el misterio coexisten, donde la sombra no niega la luz, sino que prepara el terreno para ella. Mis retratos son intentos de visualizar este proceso interno: la alquimia del devenir. Capturan los momentos en que la oscuridad protege una verdad hasta que está lista para brillar, y los momentos en que la luz reconoce su origen en la sombra.
En definitiva, la templanza en mi retrato simbólico no se trata de control, sino de armonía: una armonía moldeada por la tensión, la transformación y la profundidad emocional. Mis retratos no son equilibrados porque eviten los extremos, sino porque los abrazan y permiten su coexistencia. Esta es la alquimia que busco: la luz y la sombra dialogando, transformándose mutuamente, creando un rostro que se siente a la vez humano y mítico, terrenal y onírico, frágil y luminoso.