Donde comienza mi relación con el color en el terror
Siempre que trabajo con colores intensos y brillantes, siento que entro en un territorio moldeado por la tensión, la intuición y la confrontación emocional. La estética del terror —en especial la basada en paletas saturadas y eléctricas— siempre ha influido en mi forma de pensar sobre los paisajes internos. No tomo prestadas sus imágenes; tomo prestada su arquitectura emocional. Hay algo en la luz de neón que atraviesa las sombras que refleja cómo la verdad se manifiesta en la psique: de repente, con nitidez, sin pedir permiso. En mi arte, el neón se convierte en una alarma psicológica, un pulso que revela lo que normalmente está oculto.

El neón como shock emocional
El neón no es para mí una simple elección visual, sino un detonante emocional. Al colocar un verde, rosa o azul brillante en una atmósfera de negro suave, siento una sacudida, un instante en que la composición cobra vida. Esa es la sensación que quiero que experimente el espectador: la chispa psíquica que irrumpe en los espacios silenciosos. Utilizo el neón como el terror utiliza el color: no para asustar, sino para activar. Hace aflorar la intensidad. Expone la tensión emocional en lugar de dejarla sumergida. El neón se convierte en el momento en que el subconsciente sale a la luz.
Las sombras como fundamento de lo no dicho
Las sombras en mi obra rara vez están vacías. Se comportan como espacios emocionales: suaves, envolventes, con una textura profunda. En el cine de terror, la oscuridad suele ser un campo de expectación, el espacio donde algo está a punto de emerger. En mi arte, la oscuridad cumple una función similar, pero con un tono más introspectivo. Contiene todo lo que no se dice. Crea profundidad para que el neón se revele. Mis sombras no son vacíos; son el terreno psicológico donde comienza la transformación. Sin sombra, el neón perdería su significado. Sin oscuridad, la revelación carecería de fuerza.

La tensión del color como atmósfera psíquica
Al combinar el neón con la oscuridad profunda, no busco recrear un efecto cinematográfico. Busco generar tensión psicológica. El choque entre el color vibrante y la sombra se siente como una metáfora del conflicto emocional: el momento en que el mundo interior se niega a permanecer en silencio. Este contraste es la esencia de mi lenguaje simbólico. Transforma la obra en una atmósfera, más que en una simple imagen. Una estela de neón sobre un fondo apagado se convierte en una ruptura. Una semilla brillante flotando en la oscuridad se transforma en una nueva conciencia que emerge. La tensión cromática se convierte en un entorno simbólico.
Terror emocional sin violencia
Aunque la lógica cromática del terror me influye, no me interesan el miedo, la violencia ni el espectáculo. Me interesa la tensión interna, ese límite emocional donde entra en juego la intuición. El terror, en esencia, trata de confrontar aquello que evitamos. En mi arte, esto se convierte en una confrontación con verdades emocionales, más que con amenazas externas. Una forma botánica luminosa podría representar un sentimiento al que nos hemos resistido. Un rostro reflejado iluminado por neón podría encarnar el autorreconocimiento. Una línea retorcida y luminosa podría expresar un recuerdo no resuelto. Mi obra utiliza la estética de la intensidad para hablar de la interioridad, no del peligro.

Botánicos bajo luz de neón
Cuando aparecen elementos botánicos en mis composiciones, la lógica del neón transforma su significado. Una hoja delineada en rosa se convierte en algo transformador en lugar de decorativo. Un tallo retorcido iluminado con un verde ácido adquiere una sensación de urgencia. Una flor que emerge de un fondo negro suave resplandece con una ternura surrealista, casi espectral. Las paletas de colores del terror me han enseñado que la iluminación puede cambiar la interpretación emocional: una forma familiar se torna inquietante, intensificada, cargada de simbolismo. Mis obras botánicas no son naturalistas; son órganos emocionales expuestos a la luz.
Rostros simbólicos en atmósferas eléctricas
Los rostros en mi obra —abstractos, reflejados o parcialmente disueltos— se comportan de manera distinta bajo la tensión del neón. Parecen suspendidos entre el reconocimiento y la disolución. Un rostro delineado por un brillo intenso se convierte en una confesión emocional. Un rostro que emerge de la oscuridad se transforma en una confrontación consigo mismo. Un rostro dividido entre colores se convierte en dualidad interior. A menudo siento que la atmósfera de neón otorga a estos retratos simbólicos una sensación de presencia, como si estuvieran atrapados en un umbral emocional, a medio camino entre el ocultamiento y la exposición.

La textura como la capa silenciosa de inquietud
La textura juega un papel crucial en el equilibrio de la intensidad del neón. El grano, la bruma, los degradados superpuestos y las sutiles distorsiones confieren a la obra una sensación de autenticidad, algo casi táctil bajo la superficie. La textura introduce una inquietud sutil. Difumina los bordes del neón, suaviza su crudeza y crea una tensión onírica que se percibe más como psicológica que visual. Gracias a la textura, la pesadilla de neón se torna emocional en lugar de agresiva. Se convierte en introspección con un brillo especial.
Por qué la lógica del color en el terror importa en mi trabajo
Recurro a la estética cromática del terror porque refleja los procesos emocionales que me atraen: la revelación, la tensión, el despertar, la contradicción. El neón se convierte en el símbolo de lo que surge repentinamente en nuestro interior. La oscuridad, en el símbolo de todo aquello que silenciamos. La textura, en el puente entre estos estados. Mi arte utiliza esta lógica cromática no para impactar, sino para iluminar. Revela las partes de la psique que vibran bajo la superficie: lo extraño, lo frágil, lo instintivo, lo recién despertado.
Al final, mis «pesadillas de neón» no son pesadillas en absoluto. Son umbrales emocionales. Son momentos en los que el mundo interior brilla con demasiada intensidad como para permanecer oculto. Son despertares simbólicos: intensos, luminosos y silenciosamente transformadores.