Por qué pienso en la emoción como un paisaje
Cuando trabajo, rara vez pienso en la emoción como algo abstracto o solo interno. La concibo como un lugar. Los estados emocionales me parecen espaciales. Tienen densidad, distancia, temperatura y profundidad. Algunos se sienten nebulosos y expansivos, otros comprimidos y pesados. Por eso mi obra a menudo se asemeja a paisajes, incluso cuando no hay horizonte ni fondo. No estoy ilustrando un escenario. Estoy cartografiando la sensación como terreno.

Los gradientes de color como movimiento emocional
Los gradientes son fundamentales para mi forma de traducir visualmente las emociones. Los sentimientos rara vez cambian bruscamente. Se mueven gradualmente, se fusionan, titubean. Un gradiente de color permite que ese tipo de movimiento exista sin explicación. En mi obra, las transiciones entre tonos importan más que los tonos mismos. Un cambio lento del verde al azul, o del rosa al rojo, refleja una deriva emocional más que una manifestación emocional. Muestra cómo evolucionan los estados, no dónde terminan.
Bruma atmosférica y distancia emocional
Las capas difusas y brumosas que aparecen en muchas de mis piezas funcionan como distancia emocional. No buscan oscurecer, sino suavizar. La emoción rara vez es nítida al procesarse. Se vuelve difusa, más difícil de localizar. La neblina atmosférica permite que la imagen contenga incertidumbre sin tensión. Crea espacio para que el espectador se acerque a su propio ritmo, reflejando cómo nos movemos ante sentimientos difíciles o tiernos en la vida real.

La textura como memoria y presión
La textura en mis dibujos nunca es puramente decorativa. Implica presión. Las marcas repetidas, el grano y las superficies superpuestas actúan como residuos emocionales. Sugieren acumulación más que pulido superficial. Pienso en la textura como un recuerdo incrustado en la imagen. Así como las experiencias dejan huellas en el cuerpo, las texturas también las dejan en el campo visual. Ralentizan la mirada, obligándola a registrar el tiempo en lugar de consumir la forma rápidamente.
El caos suave como honestidad emocional
Muchas de mis composiciones incluyen lo que considero un caos suave. Los elementos se superponen, los patrones se repiten de forma imperfecta, las formas se resisten a una jerarquía clara. Esto es intencional. La vida emocional rara vez es ordenada, pero rara vez es completamente caótica. El caos suave permite que la contradicción exista sin colapsar. Es una forma de ser honesto sobre la complejidad emocional sin convertirla en ruido visual.

La forma surrealista como geografía interior
Las formas surrealistas de mi obra surgen naturalmente de esta lógica emocional. Los cuerpos se fusionan con las plantas. Los rostros se disuelven en patrones. Las flores se transforman en ojos u órganos. Estas formas no buscan impactar. Describen la geografía interior. Cuando la emoción se intensifica o se prolonga, transforma la percepción. La forma surrealista permite que el dibujo refleje esa transformación sin narrativa ni simbolismo que parezca impuesto.
Paisajes sin horizontes
Los paisajes tradicionales se basan en la perspectiva y la distancia. Los paisajes emocionales no. Muchas de mis piezas carecen de un primer plano o fondo claro. Todo existe en el mismo plano, avanzando a la vez. Esto refleja cómo la emoción se experimenta internamente, sin perspectiva lineal. No hay un «allá». Solo hay presencia, densidad y relación.

¿Por qué estos paisajes nos resultan familiares?
Incluso cuando las imágenes son extrañas, los paisajes emocionales tienden a resultar reconocibles. Esta familiaridad no proviene de la referencia visual, sino de la experiencia corporal. Reconocemos la intensidad de ciertos colores, la fuerza de la profundidad, el relieve del espacio abierto. La obra resuena porque se alinea con el comportamiento real de la emoción, no con su descripción habitual.
El espectador dentro del terreno
No posiciono al espectador como un observador que contempla estos paisajes desde la distancia. El espectador está dentro de ellos. No hay un punto de observación seguro. Por eso la escala a menudo resulta íntima y envolvente. La obra no pide ser analizada. Pide ser habitada, aunque sea brevemente.

Por qué es importante mapear las emociones
Para mí, transformar el sentimiento en color, textura y forma es una forma de darle estructura sin reducirlo. Los paisajes emocionales permiten que el sentimiento exista sin necesidad de resolución. No exigen claridad. Ofrecen orientación. Puede que no sepas exactamente qué sientes, pero puedes sentir dónde estás.
El terreno emocional como sistema vivo
Estos paisajes no son estáticos. Se comportan como sistemas vivos. Los colores cambian, las texturas se acumulan, las formas resuenan y mutan. Esto refleja cómo los estados emocionales evolucionan con el tiempo. Nada es fijo. Nada es definitivo. La imagen mantiene el movimiento incluso cuando parece estática.

Cuando el arte se convierte en un lugar donde pararse
En definitiva, los paisajes emocionales buscan crear un espacio donde sumergirse en la experiencia. No para escapar de la emoción, sino para reconocerla. A través de gradientes, neblina, textura y formas surrealistas, intento dar a la sensación una forma que pueda observarse, recuperarse y vivirse con ella. La obra no resuelve la emoción. Le da fundamento.