Por qué el verde guarda un antiguo hechizo
El verde suele describirse como pacífico o natural, pero en el folclore y las tradiciones esotéricas está cargado de una energía mucho mayor. Es el color de los portales, los espíritus, los reinos fronterizos y la magia impredecible. Cuando trabajo con el verde en mis grabados botánicos o mitológicos, me relaciono con un símbolo que ha vivido durante siglos entre la bendición y el peligro. En las tierras eslavas era el color de los espíritus del bosque, capaces de proteger o desorientar; en los territorios celtas marcaba los reinos de las hadas, bellos pero peligrosos. El verde se siente más como una presencia que como un pigmento, una frecuencia que atrae al espectador a un mundo donde lo vivo y lo invisible se entrelazan.

El bosque como cuerpo mítico
En la cosmología eslava, el bosque no era solo paisaje, sino una entidad consciente. Espíritus como los Leshy eran guardianes de los árboles, metamorfos que podían adoptar forma humana, animal o estar cubiertos de musgo. Su dominio siempre era verde, pero nunca en un sentido apacible; era un verde que respiraba, se enroscaba, advertía y protegía. Me inspiro en esta atmósfera cuando pinto vides que se retuercen como presagios o pétalos que parecen brillar bajo su propia luz tenue, como la del musgo. En lugar de ilustrar el folclore, traduzco su lógica emocional. Los verdes en mi obra a menudo evocan la humedad de antiguos mitos: densos, rituales, silenciosamente vivos.
Celtic Fae Green: Belleza y riesgo
En la mitología celta, el verde del mundo feérico representaba tanto el encanto como el peligro. Vestir demasiado verde en ciertas regiones rurales significaba llamar la atención de las hadas; entrar en un círculo de tréboles de un verde inusualmente brillante suponía el riesgo de salirse del tiempo. Esta dualidad me fascina. El verde se convierte en una invitación y una advertencia. Los verdes suaves y luminosos parecen promesas susurradas, mientras que los verdes profundos y saturados encierran la tensión de lo que se oculta a medias. En mis grabados, el verde rara vez es neutro porque su memoria cultural nunca lo fue. Vibra con la posibilidad, un recordatorio de que la belleza y el riesgo a menudo comparten el mismo origen.

El verde como color del renacimiento
Psicológicamente, el verde se asocia con la renovación, pero en el folclore, la renovación rara vez es apacible. Es el renacer que sigue a la destrucción, el musgo que reclama un árbol caído, el primer brote que rompe la tierra helada. Cuando pinto semillas brillantes o formas botánicas reflejadas en tonos esmeralda, pienso en este renacimiento feroz. No un renacimiento como pureza, sino como insistencia. El verde en mi obra a menudo se siente como un pulso que regresa tras el silencio, o como un yo futuro que se forma silenciosamente bajo viejas capas. Transmite la sensación de volver a empezar de una manera que se siente corporal, intuitiva y ligeramente sobrenatural.
La brujería del mundo botánico
Las plantas siempre han pertenecido al ámbito de la brujería. En las tradiciones eslavas, ciertas hierbas se cosechaban a medianoche porque su poder solo despertaba en la oscuridad. En las regiones celtas, se creía que las plantas que crecían en los linderos de los campos absorbían la magia liminal. Cuando represento guardianes botánicos en verde —hojas que brillan, venas que se asemejan a sigilos, pétalos que se abren como puertas secretas— me inspiro en este linaje de mitos vegetales. Mis plantas no pretenden ser botánicamente precisas; se comportan como organismos espirituales. Observan, protegen, revelan y, en ocasiones, confrontan. El verde amplifica esta presencia, haciendo que cada flor se sienta encantada en lugar de meramente decorativa.

La esmeralda como frecuencia emocional
El verde es emocionalmente complejo. Puede calmar o inquietar, nutrir o provocar. En algunas escenas de terror cinematográfico, la luz verde se usa para señalar un cambio en la realidad; en la pintura medieval, las túnicas verdes distinguían a las figuras ambiguas: sanadores, marginados, brujas. Disfruto usando el verde de maneras que evocan esta ambigüedad. A veces se convierte en un suave resplandor atmosférico que aquieta la composición. Otras veces actúa como una llamarada sobrenatural, intensificando la tensión. Lo que me interesa es cómo reaccionan los espectadores ante estos cambios. Muchos se sienten conectados a la realidad; otros, observados. Ese matiz emocional es lo que convierte al verde en una herramienta tan poderosa en mi práctica.
El verde como color del umbral
En la mitología, el verde rige los límites: el borde del bosque, la entrada al inframundo, el lugar donde un humano podría cruzar al reino de los espíritus. Yo uso el verde de forma similar, para crear umbrales dentro de la obra. Ciertos trazos actúan como fronteras entre estados emocionales, mientras que ciertas formas abren puertas a experiencias más intuitivas o oníricas. El verde, combinado con sombras o tonos rosados luminosos, se siente como la bisagra entre lo conocido y lo misterioso. No es solo un color; es un pasaje.

Magia botánica en interiores contemporáneos
Lo que me fascina es cómo el arte en tonos esmeralda transforma un interior moderno. En un espacio minimalista, el verde se convierte en el pulso que anima la estancia. En un espacio maximalista, añade una calma ritual, que conecta con la realidad a la vez que sugiere un halo de misterio. A menudo, la gente describe mis obras botánicas verdes como «vivas», y creo que esa percepción proviene de la memoria cultural inherente al color. Reconocemos el verde no solo como naturaleza, sino también como la sombra del mito dentro de ella. Es a la vez refugio y presagio, crecimiento y secreto.
El hechizo de la brujería esmeralda
En definitiva, el verde en mi obra no es un mero acento estético; es una fuerza narrativa. Encierra la memoria de los bosques eslavos, el brillo de los reinos feéricos celtas, el aliento de la brujería, la persistencia del renacimiento y la emoción de la silenciosa transformación.
El esmeralda se convierte en un color ritual, uno que reúne historias, instintos y atmósferas en un solo tono. Cuando pinto con este color, no estoy coloreando una planta; estoy invocando un mundo.
En este sentido, el espectador no solo mira el verde. Se adentra en él.