La arquitectura emocional del maximalismo
El maximalismo camp siempre me ha parecido un lenguaje de honestidad emocional. Escenifica el sentimiento en lugar de disimularlo. Al crear mis flores brillantes, pétalos reflejados y plantas simbólicas, a menudo percibo la misma permisividad teatral que habita en los universos cinematográficos de Baz Luhrmann. Sus películas se desarrollan en un mundo donde la belleza se vuelve arrolladora a propósito, donde el color se impone y donde el exceso revela verdades que el minimalismo a menudo oculta. En mi obra, este mismo impulso cobra forma en pétalos que se multiplican, colores que vibran contra el negro terciopelo y formas que insisten en ser sentidas antes de ser comprendidas.

El color como representación emocional
Luhrmann trata el color como si fuera una emoción hecha visible. Sus rojos transmiten urgencia y deseo; sus azules vibran con anhelo; sus magentas oscilan entre la fantasía y la confesión. Al superponer mis tonos, sigo un instinto similar. No busco el naturalismo, sino una temperatura emocional. Mis verdes brillan como si algo en su interior respirara. Mis violetas se oscurecen hasta que se perciben como una quietud interior. Mis acentos neón atraviesan la oscuridad crepuscular con una claridad dramática que refleja su uso teatral de la luz. El color se convierte en una representación más que en una descripción, una forma de hacer innegable el mundo interior.
Los botánicos como verdad ornamental
En mi arte, las flores nunca se comportan como simples ilustraciones botánicas. Se comportan como artistas. Se inclinan, brillan, distorsionan y brillan de maneras que se asemejan más al diseño de vestuario que a la anatomía vegetal. Cuando pienso en los decorados ornamentados de Luhrmann —cuentas, terciopelos, espejos, encajes—, reconozco la misma avidez por la ornamentación visual que transmite un significado emocional. Mis flores se convierten en arquitectura emocional. Mis raíces se transforman en guiones escritos con líneas simbólicas. Mis pétalos se disponen como telones que se abren sobre algo mitad sagrado, mitad dramático. La exageración camp convierte la decoración en revelación, y ese es el núcleo de mi propia mitología botánica.

Pétalos reflejados y rostros surrealistas
Los rostros reflejados, multiplicados o simétricamente distorsionados que aparecen en mis obras comparten la misma intensidad dramática que moldea los personajes de Luhrmann. En sus películas, cada gesto se magnifica, cada mirada se carga, cada silueta se realza. Trabajo con la misma lógica emocional. Cuando un rostro se transforma en una construcción floral o cuando los pétalos se unen para formar una expresión, no se trata de realismo, sino de coreografía emocional. La figura se convierte en símbolo de un sentimiento exaltado, un personaje en una escena onírica donde la belleza y la extrañeza coexisten.
El neón y la oscuridad como lenguaje dramático compartido
La tensión entre la luz de neón y la sombra es uno de los vínculos más fuertes entre mi mundo artístico y el universo visual de Luhrmann. Él utiliza el resplandor como una forma de emoción: un foco que persigue el deseo, el miedo, el éxtasis o la revelación. En mi obra, el neón emerge como luminosidad interior, un resplandor que irrumpe entre las sombras como una verdad susurrada. Sobre un fondo negro aterciopelado, la luz se convierte en una atmósfera que se siente a la vez como un destello teatral y como un despertar intuitivo. Posee la misma energía que las escenas nocturnas de Luhrmann, donde la oscuridad contiene la respiración y los colores cobran protagonismo.

Texturas en capas como profundidad emocional
Luhrmann combina telas, accesorios, colores y luces hasta convertirlas en un entorno sensorial, en lugar de un telón de fondo. Abordo la textura en mi arte con la misma devoción. Mi grano, neblina, brillo y superficies superpuestas crean atmósferas donde el espectador puede sentir la profundidad incluso antes de interpretarla. Cada capa actúa como un sedimento emocional, un residuo de algo recordado o percibido. La imagen se convierte en una composición de estados internos. Esta superposición maximalista no es desorden; es la forma en que la complejidad emocional cobra forma.
El campamento como sinceridad, no como ironía
Lo camp suele malinterpretarse como algo superficial o burlón, pero la versión que resuena en mí —y en Luhrmann— es profundamente sincera. Exagera no para distanciar, sino para revelar. Utiliza la belleza como una forma de tocar verdades más profundas. En mis botánicos, la exageración reside en el brillo, en los motivos repetidos, en los rostros florales que oscilan entre lo humano y lo simbólico. Estas exageraciones no son irónicas. Son declaraciones de sentimiento. Son el equivalente visual de una voz que se niega a susurrar.

Por qué el maximalismo sigue influyendo en mi práctica
Regreso al maximalismo porque refleja mi paisaje interior. Me permite pintar desde la intensidad en lugar de la moderación. Da cabida a la abundancia emocional, la superposición simbólica y el drama atmosférico. Me permite explorar cómo la belleza se transforma cuando se le permite trascender los límites esperados. En este sentido, mi arte y las películas de Luhrmann comparten una verdad común: el exceso puede ser una forma de ternura, una forma de vulnerabilidad y una forma de claridad emocional. El maximalismo no se trata de más, sino de sentir plenamente.